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22/01/2026

Economía circular: camino fundamental para la regeneración

*Prof. Dr. Edson Grandisoli, embajador del Movimiento Circular

Existen dos tipos diferentes de cambio: uno que ocurre dentro de 
un determinado sistema, el cual permanece inalterado,
y otro cuya ocurrencia transforma el propio sistema.”
(Watzlawick et al., 1980)

El concepto de regeneración ha ganado protagonismo en la literatura y en el discurso de diferentes áreas en los últimos años, como, por ejemplo:


  • medicina (regeneración de tejidos);
  • agricultura (agricultura regenerativa);
  • turismo (turismo regenerativo);
  • urbanismo (ciudades regenerativas);
  • diseño (diseño regenerativo);
  • economía (economía regenerativa).

A pesar de ser un concepto polisémico, es decir, al que pueden atribuirse varios significados dependiendo de su uso, existe en su raíz al menos un punto fundamental que es independiente de ese uso: la necesidad de “hacer mejor las cosas” (doing things better), en lugar de solo “hacer cosas mejores” (doing better things) (Reed, 2007). Este simple juego de palabras desplaza nuestra mirada de “qué estamos haciendo” hacia “cómo y por qué estamos haciendo”. Es decir, coloca las elecciones, los propósitos y los procesos en primer plano, para luego entender qué es, materialmente, realmente necesario y posible dentro de los límites socioambientales.

Puede parecer, para muchos, apenas un interesante juego de palabras, pero regenerar, desde este punto de vista, en la práctica, es promover una transformación profunda en la forma en que concebimos el desarrollo, la producción, el consumo, la conservación y la sostenibilidad. Regenerar, en esta perspectiva, está conectado con grandes cambios de paradigma relacionados con la presencia y la actuación humana en el planeta.

Reed (2007), por ejemplo, destaca que la regeneración exige un salto del paradigma “verde”, centrado en la eficiencia y la mitigación, hacia un paradigma verdaderamente sistémico, que parte de la singularidad de cada lugar. Para él, regenerar es trabajar con las interdependencias entre los seres humanos y la naturaleza, reconociendo que los proyectos, productos o emprendimientos no existen de forma aislada, sino como manifestaciones dentro de una red dinámica de relaciones. Así, un proyecto regenerativo no se limita a ser “menos perjudicial”: contribuye activamente a la salud, la complejidad, el mantenimiento y la evolución del sistema del cual forma parte.

Este enfoque valora la coevolución, en la que la idea de que el desarrollo humano y el ecológico son mutuamente dependientes y deben fortalecerse recíprocamente.

Sanford (2018), por su parte, considera que regenerar implica activar el potencial de las personas, de las comunidades y de las organizaciones para que se conviertan en agentes capaces de percibir patrones, intervenir creativamente y generar valor de forma continua. Así, la regeneración es menos un conjunto de técnicas y más una forma de pensar y de actuar, basada en principios como la integralidad, la interdependencia, la singularidad del contexto, la corresponsabilidad y el aprendizaje continuo. Este enfoque desplaza la responsabilidad de la sostenibilidad, basada en métricas externas y objetivos fijos, hacia el cultivo interno y colectivo de capacidades, conciencia e intención.

En este contexto, volver a ser parte integrante de la naturaleza y participar en sus ciclos de forma armónica e interdependiente es la gran transformación de paradigma que debemos perseguir en los próximos siglos, buscando conciliar nuevas visiones de desarrollo social y económico. Mucho más allá de la técnica y la tecnología, el foco debe estar en cómo vamos a reconciliarnos con los entornos y con todas las demás formas de vida, persiguiendo un futuro ancestral. Si la sostenibilidad ya parece un horizonte distante, regenerar lo sitúa aún más adelante.

¿Y cuáles son los caminos posibles para esta transformación?

En realidad, muchos de ellos ya los estamos recorriendo hoy.

La economía circular, tal como la promueve la Fundación Ellen MacArthur, por ejemplo, se ha convertido en un modelo cada vez más importante dentro de la lógica regenerativa. La economía circular propone sustituir el modelo lineal de extracción–producción–descarte por sistemas de flujo continuo de materiales, en los que los productos, componentes y recursos se mantienen en uso durante el mayor tiempo posible, imitando los ciclos naturales. El punto aquí es hacer que los ciclos técnico y biológico se conviertan en uno solo, buscando una reorganización profunda de la economía para que genere valor para todos, en armonía con los ciclos de la vida. Es decir, el diálogo entre regeneración y economía circular se vuelve especialmente fértil cuando se comprende que la circularidad no es solo una técnica de gestión de materiales, sino un principio de reconexión con los patrones regenerativos que siempre han ocurrido en la naturaleza.

Los sistemas circulares fortalecen los suelos, restauran la biodiversidad, garantizan flujos de nutrientes, incentivan modelos de compartición y reutilización, estimulan cadenas productivas más cortas y colaborativas, fomentando economías locales. Al mismo tiempo, al promover el diseño para la reutilización, la reciclabilidad, el desmontaje y la reparación, la economía circular crea las condiciones materiales para que los sistemas socioeconómicos expresen su capacidad de renovación, que es precisamente el núcleo de la regeneración.

Cuando hablamos de regenerar, por lo tanto, nos referimos a un concepto que implica un marco filosófico, ético, complejo y sistémico, mientras que la economía circular ofrece metodologías para reorganizar los flujos de energía y materia en alineación con ese marco. 

La regeneración pregunta: 

“¿Qué potencial desean expresar este lugar, esta comunidad, este emprendimiento?”. 

La Economía Circular responde: 

“¿Cómo podemos organizar materiales, procesos y modelos de negocio para apoyar ese potencial?”.

Así, una economía circular que colabora con una economía regenerativa no solo minimiza los impactos negativos, sino que amplía la capacidad de resiliencia, diversidad y prosperidad de los sistemas vivos. Reconoce que el valor no es solo económico, sino también histórico, ecológico, social y cultural, y que estos valores se potencian mutuamente. En lugar de extraer y descartar, busca nutrir y renovar; en lugar de la linealidad, promueve ciclos vivos e interconectados; en lugar de la centralización, favorece redes distribuidas y colaborativas. El resultado es una visión de futuro en la que el desarrollo humano y la salud planetaria no son opuestos, sino expresiones de un mismo proceso de evolución.

La cuestión, en este momento de la historia, debe migrar del “¿cómo puedo ser más sostenible?” al “¿cómo puedo ser más regenerativo?”. Parte de la respuesta a esta pregunta pasa por cuidar, crear y restablecer lazos de confianza, un atributo que está en crisis desde hace muchas décadas. Pero ese es un tema para una próxima conversación.

*Este texto fue traducido automáticamente con la ayuda de inteligencia artificial y revisado. Aun así, pueden presentarse pequeñas diferencias con respecto a la versión original en portugués.


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Prof. Dr. Edson Grandisoli — embajador y coordinador pedagógico del Movimiento Circular. Foto: Movimiento Circular

*Profº Drº Edson Grandisoli
Embajador del Movimiento Circular, es Magíster en Ecología, Doctor en Educación y Sostenibilidad por la Universidad de São Paulo (USP), Posdoctorado por el Programa Ciudades Globales (IEA-USP) y especialista en Economía Circular por la UNSCC de la ONU. También es co-creador del Movimiento Escuelas por el Clima, investigador en el área de Educación y editor adjunto de la revista Ambiente & Sociedade.

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