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30/06/2026

"Esto siempre ha pasado": el riesgo de ignorar los nuevos patrones climáticos y científicos

Por Isabela Bonatto

Cada vez que aparecen noticias sobre olas de calor, El Niño, inundaciones, incendios forestales o eventos extremos, suelo hacer un ejercicio curioso: leer los comentarios que las personas publican en las redes sociales. Me interesa observar cómo reaccionan quienes no trabajan directamente con clima, sostenibilidad, saneamiento o gestión del riesgo cuando especialistas, investigadores o profesionales del área ambiental hacen alguna declaración. Y hay una frase que aparece una y otra vez:

"Esto siempre ha pasado".

Cuando se habla de calor extremo, alguien recuerda que en los años ochenta o noventa también hizo muchísimo calor. Cuando se habla de inundaciones, alguien comenta que esa ciudad siempre se ha inundado. Cuando el tema son las sequías, los incendios o las tormentas intensas, las respuestas suelen seguir la misma lógica: «No es nada nuevo», «Siempre ha sido así», «Dejen de exagerar con el alarmismo climático».

En parte, esas personas no están completamente equivocadas. Siempre ha habido calor. Siempre ha habido lluvias intensas. Siempre han existido períodos de sequía, tormentas, inundaciones y variaciones naturales del clima. El problema es que esa afirmación, aunque sea cierta, muchas veces se utiliza para evitar una pregunta mucho más importante: ¿estos fenómenos están ocurriendo con la misma frecuencia, intensidad y duración que antes? Ahí es donde cambia la conversación.

La discusión científica sobre el cambio climático se basa en series históricas, tendencias, mediciones, modelos y patrones observados a lo largo del tiempo. El problema no es el evento aislado, sino la modificación del patrón. Y quizá este sea uno de los mayores desafíos de la comunicación climática: explicar que lo que está en juego no es el recuerdo individual del pasado, sino la interpretación colectiva de los datos acumulados durante décadas.

Por eso, la frase “esto siempre ha pasado” puede resultar peligrosa. Parece una defensa frente a las exageraciones, pero en la práctica puede convertirse en un obstáculo para la prevención. Cuando se habla de adaptación, una parte de la sociedad interpreta estas medidas como exageraciones, costos innecesarios o alarmismo climático. Sin embargo, esperar a que el problema ocurra para recién reaccionar suele resultar mucho más costoso, tanto en vidas humanas como en recursos económicos, sufrimiento y reconstrucción.

El estado de Rio Grande do Sul nos dejó un ejemplo doloroso. Las señales de vulnerabilidad, las deficiencias de planificación, la ocupación de zonas de riesgo, las limitaciones de la infraestructura y el aumento de la intensidad de los eventos extremos venían siendo discutidos desde hacía mucho tiempo. Aun así, muchas veces tratamos el desastre como si hubiera sido una sorpresa.

Esta es una característica preocupante de nuestra relación con el riesgo: solo creemos plenamente en él cuando ya se ha convertido en una crisis. Antes de eso, las advertencias parecen exageradas. La prevención parece un gasto innecesario. La planificación parece burocracia. La ciencia parece pesimismo. Después de la tragedia, todo parece evidente.

Esta lógica no aparece únicamente en el debate climático. También la vimos durante las pandemias, las crisis hídricas, los colapsos sanitarios, los incendios, los deslizamientos de tierra y muchos otros tipos de emergencia. Mientras el riesgo permanece en el terreno de la previsión, muchas personas prefieren esperar. Cuando finalmente se materializa, nos preguntamos por qué nadie actuó antes.

Los datos estaban disponibles. Las alertas existían. Los informes habían sido publicados. Los mapas de riesgo ya estaban elaborados. El problema es que la prevención rara vez genera el mismo impacto emocional que una emergencia.

Ese es el gran paradoja de la prevención: cuando funciona, parece que no ocurrió nada. Tal vez por eso resulte tan difícil defenderla desde el punto de vista político, financiero y social. Prevenir exige confiar en los datos antes de la catástrofe. Exige actuar antes de la conmoción. Exige tomar decisiones cuando todavía hay tiempo y no únicamente cuando ya estamos contabilizando las pérdidas.

Y aquí surge una reflexión importante: planificar no es hacer alarmismo. Diseñar ciudades preparadas para soportar inundaciones no significa desear que ocurran inundaciones. Preparar los sistemas de salud para enfrentar olas de calor no significa esperar temperaturas extremas. Desarrollar infraestructura capaz de resistir fenómenos climáticos más intensos no significa asumir que cada lluvia será una tragedia.

Significa reconocer que existe información disponible y utilizarla para reducir riesgos. La ciencia nos invita a ampliar nuestra mirada más allá de la experiencia individual y observar los patrones. Repetir que “esto siempre ha pasado” puede ofrecernos una sensación momentánea de normalidad. Pero normalizar las señales de alerta no reduce los riesgos; simplemente retrasa las respuestas.

Y en un planeta en transformación, retrasar las respuestas puede tener un costo muy alto.


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La Dra. Isabela da Cruz Bonatto es embajadora de Movimiento Circular, Doctora y Magíster en Ingeniería Ambiental por la Universidade Federal de Santa Catarina (UFSC). Se desempeña como consultora socioambiental, con enfoque en sostenibilidad, economía circular, gestión de residuos, cooperación internacional e impacto socioambiental.
Tras vivir en Kenia y trabajar en países africanos durante cinco años, actualmente reside en Bangladesh. Es especialista en reciclaje para el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y consultora para la certificación de Empresas B. También colabora con organizaciones de la sociedad civil e iniciativas de impacto socioambiental y desarrollo sostenible.

 

*Este texto fue traducido automáticamente con la ayuda de inteligencia artificial y revisado. Aun así, pueden presentarse pequeñas diferencias con respecto a la versión original en portugués.

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