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10/06/2026

Cuando el clima cambia, el turismo también necesita cambiar

Por Isabela Bonatto

La próxima Copa del Mundo aún no ha comenzado, pero uno de sus principales adversarios ya está en juego: el calor extremo. Con partidos programados para el verano del hemisferio norte en ciudades de Estados Unidos, México y Canadá, crece la preocupación por las altas temperaturas y sus impactos sobre atletas, aficionados, trabajadores, sistemas de transporte y salud pública. La discusión no es únicamente deportiva; también es climática, urbana, sanitaria y económica. Y quizás por eso mismo la Copa del Mundo sirve como punto de partida para una reflexión más amplia: si incluso uno de los mayores eventos del planeta necesita adaptarse a un clima cada vez más extremo, ¿qué ocurre con los destinos turísticos que dependen directamente de paisajes preservados, confort térmico, disponibilidad de agua e infraestructura en funcionamiento?

Durante mucho tiempo, el turismo estuvo asociado a la idea de clima favorable, playas atractivas, paisajes naturales, patrimonio cultural y, más recientemente, lugares “instagrameables”. Sin embargo, en un planeta más cálido e inestable, la experiencia de viajar depende cada vez más de la capacidad de los territorios para resistir eventos extremos. Olas de calor, escasez hídrica, incendios, inundaciones, erosión costera y sobrecarga de infraestructura ya afectan destinos en distintas partes del mundo. En algunas regiones, el problema es el exceso de visitantes que presiona los servicios locales. En otras, la fragilidad ambiental frente a fenómenos cada vez más intensos. Y en muchas, ambas situaciones ocurren al mismo tiempo.

Venecia, por ejemplo, no enfrenta desafíos simplemente porque existan turistas. El problema radica en la combinación de presión turística, vulnerabilidad urbana, aumento del nivel del mar, eventos extremos y limitaciones de la infraestructura local. Las islas del Caribe y del Pacífico tampoco están preocupadas porque las tormentas siempre hayan existido, sino porque sus impactos están cambiando de escala, frecuencia e intensidad. Los destinos de playa enfrentan erosión costera, gestión inadecuada de residuos y presión sobre los recursos hídricos. Las regiones montañosas ya perciben alteraciones en los patrones de nieve, afectando actividades turísticas tradicionales.

Probablemente, el turismo sea uno de los sectores que más rápidamente evidencia las conexiones entre clima, medio ambiente, saneamiento y salud pública. Cuando falta agua, el turismo lo siente. Cuando los residuos se acumulan, el turismo lo siente. Cuando una playa deja de ser apta para el baño, el turismo lo siente. Cuando el calor extremo compromete el confort y la seguridad de las personas, el turismo lo siente. Cuando la infraestructura falla, tanto residentes como visitantes resultan afectados.

Por eso, tratar el turismo, el saneamiento, la salud y el medio ambiente como temas separados es un error. El cambio climático está demostrando exactamente lo contrario: cuando uno de estos sistemas entra en crisis, todos los demás se ven impactados.

Y aquí es donde la Economía Circular puede —y necesita— entrar en la conversación. La Economía Circular no debe entenderse únicamente como reciclaje o gestión de residuos. En tiempos de cambio climático, se convierte en una estrategia esencial para fortalecer la resiliencia, la competitividad y el futuro de los destinos turísticos.

En el turismo, esto significa repensar la manera en que los recursos son utilizados, desperdiciados y reincorporados a los ciclos productivos. Significa reducir el desperdicio de alimentos en hoteles, restaurantes y eventos. Significa valorizar los residuos orgánicos mediante compostaje y otras soluciones locales. Significa ampliar la reutilización del agua, mejorar la gestión de residuos, incentivar las compras locales, reducir los productos desechables, fortalecer las cadenas cortas de suministro y regenerar los ecosistemas que sostienen la propia actividad turística.

También significa planificar mejor. La adaptación climática no consiste únicamente en construir barreras, instalar sistemas de aire acondicionado o reaccionar después de una emergencia. Consiste en rediseñar sistemas para que sean menos vulnerables, menos derrochadores y más preparados para enfrentar presiones ambientales, sociales y económicas.

La Copa del Mundo puede convertirse en un gran ejemplo de esta nueva realidad. Planificar los partidos teniendo en cuenta el calor extremo no es alarmismo; es responsabilidad. Del mismo modo, preparar los destinos turísticos para enfrentar la escasez de agua, las inundaciones, las islas de calor urbano o la presión sobre los servicios públicos no es una exageración. Es gestión de riesgos.

Curiosamente, en nuestra vida cotidiana comprendemos muy bien esta lógica. Antes de viajar, revisamos el pronóstico del tiempo, hacemos reservas, verificamos documentos, contratamos seguros, llevamos medicamentos y pensamos en aquello que podría salir mal para evitar inconvenientes. Como decían nuestras abuelas, “más vale prevenir que curar”. La pregunta es: ¿por qué aceptamos esta lógica para un viaje de fin de semana, pero todavía nos resistimos a incorporarla en la planificación climática, urbana, turística y ambiental?

El cambio climático está transformando la forma en que vivimos, viajamos y ocupamos los territorios. El turismo es apenas uno de los indicadores más visibles de esta transformación. Podemos seguir tratando cada ola de calor, inundación o crisis de residuos como hechos aislados. O podemos utilizar las señales disponibles para planificar mejor. En un planeta en transformación, la Economía Circular deja de ser únicamente una propuesta ambiental y pasa a formar parte de la estrategia de adaptación de los territorios. Después de todo, si somos capaces de planificar un viaje para evitar imprevistos, quizás haya llegado el momento de planificar también el turismo para un clima que ya ha cambiado.


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 *Dra. Isabela da Cruz Bonatto es embajadora de Movimiento Circular, doctora y magíster en Ingeniería Ambiental por la Universidad Federal de Santa Catarina, con un MBA en Gestión Ambiental. Se desempeña como consultora socioambiental, enfocándose en la gestión de residuos sólidos, la promoción de la Economía Circular y la sostenibilidad corporativa. Residente en Kenia desde 2021, es miembro directivo de la Fundación Together for Better y trabaja directamente con ONG para combatir la pobreza menstrual y desarrollar soluciones sostenibles para la gestión de residuos.

 

*Este texto fue traducido automáticamente con la ayuda de inteligencia artificial y revisado. Aun así, pueden presentarse pequeñas diferencias con respecto a la versión original en portugués.

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